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EL BLOG DE TONY JUAN

NARRATIVA

TOCANDO LAS HUELLAS DE MIGUEL

La casa.....(años 48/50)

 

Cerca, muy cerca de su casa, había una tahona donde trabajaba como panadero mi tío Paco, el hermano más pequeño de mi madre.

Mi tío Paco, cuando llegaba del trabajo, por la mañana, solía coger su guitarra y templaba las cuerdas arrancando melodías que quedaban prendidas, como versos, en el aire. Aquellas rudas manos y sus potentes brazos dotados de una musculatura exuberante, no conjugaban con la finura y delicadeza de los sonidos que salían de la caja de resonancia. Yo, que me deleitaba escuchando aquellos pequeños conciertos, solía colocarme entre la guitarra y sus piernas, apoyando el oído en la parte hueca del cuerpo del instrumento, llenando así mi cabeza de cuantos sonidos y ecos me llegaban sin interrupción alguna.

De vez en cuando, mi tío añadía a aquellas melodías unas cuantas estrofas de unos versos que siempre decía haber leído en las paredes del obrador del horno. Y cuando en más de una ocasión le preguntaba que quien había escrito aquellos hermosos versos, él me contestaba haciendo un largo silencio con la guitarra: -¡pobre Miguelico!- y la mayoría de las veces se levantaba y colgaba su guitarra de nuevo en el estante de arriba de la cómoda, para marcharse a dormir. Era su descanso.

 

 

 

En más de una ocasión tuve la oportunidad de visitar el obrador de aquella tahona de la calle de Arriba, propiedad a la sazón de Efrén Fenoll, hermano del también malogrado poeta Carlos Fenoll y ambos, buenos amigos de mis padres. Todavía recuerdo como imágenes veladas en la memoria, aquella casa en la que se reunía mucha gente y escuchaban música, bebían vino del Ramblero y hablaban de algo que, para mi, era ininteligible entonces. Había un forzado silencio en torno a algo que yo no comprendía y también recuerdo que, en una ocasión, salimos paseando todo el grupo, mi familia, los Fenoll, los Cañizares (Guillermo Cañizares y Carmita Bonafós) y los Pardines (Luis Pardines y Lolita), por la misma calle de Arriba, para llegar cerca de la ermita y bajo el arco que la sostiene. Allí se exaltaron un poco los ánimos, no puedo recordar por qué, pero alguien pidió silencio y nos volvimos de nuevo paseando hasta la tahona y casa de los Fenoll.

Poco tiempo después, la familia Fenoll cerró la tahona, la casa, y se marcharon de Orihuela. Jamás volví a verles.

Mi tío Paco, seguía tocando la guitarra y los sonidos que arrancaba, a mi me parecían versos rotos, como interrumpidos por alguna tragedia que no comprendía.

En esta lejana etapa de mi vida, estuve tocando, casi palpando las huellas de Miguel, pero el silencio total que las envolvía, hicieron que, para mí, fuera un total y absoluto desconocido. Hoy quiero comprender todo aquello, y hasta podría justificarlo, pero me duele tanto en el alma, por que.....le tuve tan cerca.....

 

 

 

La sierra.....(años 50/55)

 

La Orihuela de aquellos años, era una ciudad tranquila, segura y llena de los atractivos naturales que, ante el desconocimiento de otras cosas, se crecía  y se vivía sin tantas necesidades como hoy nos creamos.

Los chiquillos jugábamos en las calles hasta que se hacía de noche, nos bañábamos en el río y con bastante frecuencia subíamos a la sierra.

Yo solía ir mucho por la Torreta, hasta la parte trasera del Santuario de Ntra. Sra. De Monserrate y allí, junto a la misma ladera de la sierra, tenía su casa mi tío-abuelo materno. Por la parte derecha de la casa, había un estrecho callejón formado por la misma casa y un muro del Santuario, de forma que se podía pasar, aunque con alguna dificultad, hasta la sierra. Allí te encontrabas con una extensa parcela de paleras cuajada de higos chumbos y enormes piteras de una belleza incomparable, y en medio de aquel vergel, un escondido pasadizo lleno de tomillos y árboles de pan de zorra, daban acceso a una pequeña y bien marcada “rejullaera”.

Aquella rejullaera constituía una delicia para cuantos la conocíamos y recuerdo que, estando un día de verano jugando por aquellos lugares, vi pasar a un muchacho cabrero, tras un grupo no muy grande de cabras. El joven, casi un hombre ya, dejó pastar las cabras por la sierra y buscó el alivio del sol bajo unos matorrales de loberas que había junto a la misma rejullaera.

En el Rabaloche, aquel joven era bien conocido y se le veía bastante comunicador y buena gente.

 

 

Cuando llevaba un buen rato a la sombra de las loberas, se dirigió a mi para entablar una conversación, sin mucha trascendencia, pero lo suficiente como para volver a recordarme lo que mi tío Paco me decía con la música de su guitarra.

Estuvo hablándome de cuando él era niño que solía ir con su padre y algunos pastores más por la sierra de Orihuela y que sobre todo disfrutaban con las rejullaeras y precisamente aquella era una de ellas. Allí solía ir siempre a refugiarse del sol y muchas veces de la lluvia, pues aquellas loberas eran el cobertizo perfecto para poder hacerlo sin peligro alguno.

Me habló de un tal Miguelico el “Visenterre” que él había conocido, por aquello del pastoreo en la sierra, y que no hacía muchos años que había muerto en Alicante en la cárcel.

Mi ignorancia, la falta de información y el forzado silencio que reinaba alrededor de Miguel, me hicieron no darle importancia a muchas de las cosas que me diría aquel pastor y que hoy, apenas si las recuerdo.

Miguel, para mi, era un perfecto desconocido, es más, nunca había existido. Y si existió, pasó completamente desapercibido.

El pastor me preguntó que si yo estudiaba en el Colegio de Santo Domingo y yo asentí diciéndole que aquel había sido mi primer año, incluso creo recordar haber contado algunas de las peripecias que hacíamos con las locuras del Padre Carreras, un jesuita trastornado que nos llevaba a mal traer a todos los chiquillos del colegio y no se por que razón le gustaba tanto que le hablase del Colegio de Santo Domingo, era como  si quisiera conocer los

 

entresijos de aquellas gentes que vivían entre sus antiguos muros, para llenar no se que curiosidad morbosa que parecía envolverle.

Jamás pude entender sus continuas preguntas acerca del colegio y la forma de hacer de sus gentes.

Cuando finalizó el verano, dejé de ver a aquel cabrero y hoy no sabría decir ni quien es, ni donde está, supongo que habrá formado su familia, como tantos otros o quizás, haya dejado este mundo.

Fue entonces cuando conocí y tomé contacto con un profesor que nos impartía Latín y Gramática en los primeros cursos y más tarde, Literatura: Don José Guillén García.

Don José Guillén, me introdujo en el conocimiento de la poesía, de su métrica, del ritmo y la musicalidad imprescindible para componer un poema y más tarde, me enseñó los Clásicos, el teatro, la novela y todo cuanto encerraba la Literatura y sobre todo, me enseñó a amar los libros.

Pero nunca, jamás me habló de Miguel.

 

 

 

La radio, Jotolo y mi padre.....(años 55/61)

 

Siempre me han gustado los medios de comunicación y en aquellos años, lo que más se escuchaba en Orihuela era la radio.

En la calle Mayor, estaba ubicada “Radio Orihuela”, con los Ezcurras, Lacárcel, y otros, entre los que cabía destacar a Pepe Torres, alias “Jotolo”, casado en primeras nupcias con la hermana de Pepito Marín (Ramón Sijé). Aquello era “radio falange” y allí daba sus sermones pidiendo siempre, el malogrado Don Antonio Roda, cura del Oratorio Festivo de San Miguel.

Yo iba con frecuencia a la radio, me gustaba escuchar todos los programas que se hacían cara al público y hasta llegué a participar esporádicamente en algunos de ellos. Allí hice mi amistad con Pepe Torres y me enteré que era empleado del Ayuntamiento, y que tenía una cierta relación con los Sijé, pero sin entrar en más detalles. En todo el tiempo que nos conocimos, jamás me habló de Miguel, ni tan siquiera me indicó nada que pudiera hacerme sospechar de su existencia.

El tiempo pasaba inexorablemente y yo ponía fin a mis estudios de bachillerato, con la ilusión del que culmina una etapa importante de su vida, pero con el alma llena de dudas, por algo que no lograba entender y la sospecha de no haber llevado en mi equipaje algo imprescindible, algo que después sería mi Biblia inseparable.

Recuerdo que en una ocasión, llevado de la mano de mi profesor Don José Guillén García, junto a otros alumnos, entre los que recuerdo a Pepito Muñoz Garrigós, nos presentamos en radio Orihuela para recitar unos poemas que habíamos compuesto en una especie de certamen que se había hecho en el colegio. El programa de radio, que nos acogía, era uno de Jotolo, cuyo nombre ya no recuerdo y la finalidad, recoger fondos para los pobres en Navidad.

Yo recité mi poema y al término del mismo, vi como se miraban el profesor Guillén y Pepe Torres, el locutor. Las palabras que intercambiaron no pude captarlas, pero adiviné un aire de asentimiento y el nombre de Miguel en los labios de ambos. Yo quise protestar, gritar que aquellos versos eran míos, solamente míos y que no los había copiado en ningún sitio, ni tan siquiera me había inspirado en nada ni en nadie.....

El profesor Guillén, como adivinando mi exasperación y mi disgusto, me cogió cariñosamente de una oreja y sacándome del estudio, me dijo: “te pareces mucho a Miguel”....

Aquello fue el último veneno para la última copa desbordada y varios días después, cuando hacía los preparativos para marcharme a la ciudad Condal para iniciar mis estudios universitarios, le pregunté a mi padre durante la cena: ¿Papá quién es ese Miguel del que hablan?.....

No obtuve ninguna respuesta.

La víspera de mi marcha, encontré sobre la mesita de noche, un libro envuelto con papel del periódico ABC y una nota sobre el

mismo: -“Léelo hijo y ten mucho cuidado. Que nadie te lo descubra”. Está prohibido.-

Aquello eran las Obras Completas de Miguel Hernández en un libro con tapas rojas y papel Biblia.

Aquí comenzó mi descubrimiento de Miguel y aquí  comencé a amar todavía más la poesía y todo cuanto se movía alrededor de ella.

Mis años en Barcelona, dedicados por completo a mis estudios, solo se veían interrumpidos cada noche, por la lectura de un poema de ese libro rojo, prohibido, y camuflado por las hojas del periódico ABC.

Mi padre, a partir de entonces, me contó muchas cosas de Miguel, las de ordinario, las de andar por casa, aquellas anécdotas que se cuentan de forma intrascendente y que van formando poco a poco, la idea del hombre y su entorno. El me enseñó a reconocer la situación que se vivía entonces, el sistema de vida de una familia dedicada a llevar su negocio, su medio de vida, la subsistencia de todos. El me enseñó a desterrar aquellas cosas que se decían de un muchacho con cara de bueno, con ilusiones y con ganas de triunfar en lo que mejor hacía: escribir.

Mi padre, Guillermo Cañizares, Luis Pardinez, Efrén Fenoll, Carlos Fenoll y el mismo José Mª Soto de Leyva, eran amigos entonces y conocedores absolutos de la vida de Miguel, quizás no de su obra, pero sí de todas sus cosas, tergiversadas por unos y manipuladas por otros, por aquellos que intentan trasladar, en su total desconocimiento, las características de una época con sus modos y costumbres, a la vida actual.

No, la vida de Miguel, en su primera etapa de adolescencia, no fue un caso excepcional, fue como la de tantos y tantos muchachos que habían nacido en el seno de una familia humilde dedicada a un negocio del que todos comían y vivían y cuando se salía de la escuela sabiendo “leer, escribir y las cuatro reglas” el padre comenzaba a tener un alivio, incorporando un miembro más al negocio, que el día de mañana habría de ser suyo también. Ese era el carácter de la época y no el de torturas, palizas, y sometimientos al pastoreo obligándole a dejar los estudios, como algunos se han empecinado en mostrarnos la vida de Miguel.

Pero eso sería otra historia...

Aquí comencé a tomar más contacto con las huellas de Miguel, a escuchar de viva voz y de primera mano sus cosas y hasta incluso a recoger pequeñas anécdotas que me confirmaban todavía más aquellas huellas que estaba coleccionando para mi vida.

Mi tío Paco, panadero en la tahona, me contó en una ocasión que Miguel venía todas las mañanas al horno a llevarse un pan redondo caliente y lo abría por la mitad, para llenarlo de manteca de cerdo. Después lo envolvía con mucho cuidado en un gran pliego de papel de estraza y cuando le preguntaba quien le despachaba que para qué quería tanto papel, él respondía riendo siempre: de aquí salen hojas para escribir en la sierra.....

 

Siempre tuve muy cerca las huellas de Miguel y no supe o no pude verlas hasta que llegó su momento.

Hoy recorro su camino por las mismas calles que él construyó y cada día, descubro algo nuevo de este tortuoso sendero lleno de versos y veo que sus huellas están allí, llamándonos a todos y haciéndonos ver lo sencillo que es cantar una “nana”, lo melancólico y triste que es llorar una “elegía” y la fuerza que se desprende de ese “rayo que no cesa”.

Miguel, tus huellas han estado siempre ahí.....para tocarlas.

 

Orihuela a septiembre de 2006

 

EL IMBORNAL

Diciembre de 2007

 

Estaba allí, como cada tarde, esperando a que Marina saliese de la perfumería, donde trabajaba, haciendo una maratón de interminables horas, cuyos últimos minutos, eran los más alargados que jamás había soportado en mi vida. Y siempre  lo mismo, un día tras otro, desde que éramos novios y hasta ahora, que vivíamos juntos, después de fingir un descuidado embarazo, que terminó siendo un cólico de gases. –Pobre Marina- llegué a pensar, intoxicado de su forma de ser - ¿qué pensarán ahora todas sus amistades?- pero a poco que intentaba razonar, me surgía la tranquilidad a todos mis pensamientos:-¡hasta en eso era capaz de fingir!-

La gente solía esperar al otro lado de la acera, protegidos por unos gigantescos plataneros y pequeñas marquesinas de las paradas del autobús.

Yo me colocaba allí, junto a uno de esos viejos plataneros, llenos de hojarasca a su alrededor y montones de colillas, donde surgía como de los infiernos, un patético imbornal que siempre hacía estragos en los tacones de las empleadas. Aquellos agujeros, que miraban como negros ojos salidos de las profundidades del averno, parecían esperar impacientes a sus victimas.

Todo era cuestión de tiempo.

Comenzó a llover y los negros nubarrones que cubrían el poco cielo que dejaban al aire los edificios, provocaron de súbito la caída de una tempestuosa noche adornada por las culebrinas de los rayos.

Desde la ventana, que dejaba al aire un entresuelo sobre la tienda, pude escuchar las campanadas de un antiguo reloj de pared.

Eran las ocho.

Las persianas de las tiendas bajaron automática y estrepitosamente y por uno de los laterales comenzaron a salir las empleadas de la perfumería.

Marina salía con paso decidido hasta el mismo portal y allí hizo una parada mirando con cierta coquetería a un lado y a otro de la calle. Después, se acercó hasta donde yo me encontraba y entornando los ojos, hizo un gesto de discreto asentimiento para dirigirse a los pies del platanero.

De aquel oscuro imbornal, prácticamente cubierto por la hojarasca, salió un chorro de vapor húmedo, tan de improviso,  que hizo dar un respingo a Marina, con tan mala fortuna para que uno de los tacones de sus botas se introdujera en un agujero hasta casi la base del mismo.

-¡Qué fuerte!-dijo perdiendo el equilibrio y cogiendo mi brazo en un gesto perfectamente estudiado y medido. -¡Qué fuerte!- volvió a repetir elevando la pierna que no había quedado atrapada y dejando al aire de forma voluntaria sus hermosos muslos.

No me cabía ni la menor duda de que Marina era una experta en llamar la atención de la gente y al parecer, la ocasión era perfecta para hacerlo. Una hora punta, en la que todos salían del trabajo, el paseo de cientos de ciudadanos que se aglomeraban a esas horas en los principales establecimientos y sobre todo, el imbécil de mi, que me había convertido en un perrito faldero de sus endiablados caprichos.

En realidad, me importaba un bledo que su tacón se hubiera colado en el imbornal, lo que más me fastidiaba era tener que soportar sus aspavientos y sus mediocres dotes de interpretación, precisamente cogida a mi brazo, allí, donde todo el mundo nos veía y donde seríamos el hazmerreír de la gente.

-¡Pero qué fuerte!- repetía sin cesar aquella insensata, que no paró de gritar, hasta conseguir formar un corrillo a su alrededor. Y es que, toda su vida no era más que una continua representación. Ella era el ombligo del mundo y los demás, ni tan siquiera los alrededores. Claro que tratándose de mi, era otra cosa; yo era para Marina, algo así como la despensa junto a  la cocina, como las cerillas para el cigarrillo, el complemento a su delicada vida, donde en realidad, no había más que mierda, pero mierda cara, conseguida a golpe de talonario y hasta he llegado a creer que a golpe de cuernos, porque, pensándolo bien ¿de donde sacaba aquellas joyas y aquellos vestidos, si sumando los dos sueldos, el suyo y el mío, no nos llegaba ni para pagar la hipoteca del piso y poco más?. Quizás aquel puñetero imbornal me hiciera pensar un poco en nuestra destartalada vida y me descubriera la ceguera en la que estaba viviendo.

Marina seguía gritando desesperadamente y lanzando su frasecita de moda con expresión jilipollezca,-¡qué fuerte!- mientras que algunos voluntarios ya se habían dejado vencer, al no poder sacar el tacón de la bota del agujero. Y es que las botas se las traía. De caña alta, hasta casi la rodilla y con tacones de aguja de más de diez centímetros que no puedo explicar como podría mantener el equilibrio.

De vez en cuando, por los agujeros del imbornal salían chorros de vapor que hacían gritar más enloquecida a Marina.

Alguien gritó entre la multitud -¡que le quiten la bota!- pero todos los esfuerzos fueron inútiles para sacar aquel treinta y ocho de un treinta y nueve largos que en realidad media el pié. -¡que le corten el pié!-dijo otro gracioso provocando la risa de la concurrencia.

De pronto, comenzó a llover y todos los curiosos que se habían congregado alrededor de los muslos de Marina, desaparecieron rápidamente, dejándonos solos a ella y a mi, en medio de aquel conflicto.

-Manolo, llama a la policía-me repetía continuamente- y no era mala idea, pero me había dejado el teléfono móvil dentro del coche, en el aparcamiento que había una esquina más abajo de la calle.

Y no paraba de llover.

Junto a nosotros había varias cajas de cartón de gran tamaño y unos plásticos que habían dejado allí, de los establecimientos, para ser recogidos por los servicios de basura, así que, ante lo que estaba cayendo, cogí varias de aquellas cajas, las coloqué junto al platanero abiertas por uno de los laterales, y dispuse unos plásticos haciendo de techo, para que nos protegieran  algo de la lluvia, que había comenzado a caer con más fuerza.

Marina estaba cada vez más nerviosa y pasó de la frase de moda a llorar desconsoladamente por lo ridícula de la situación que estábamos sufriendo.

-Manolo ve a por el móvil y llama a la policía, a los bomberos, a quien sea, pero que me saquen de aquí, que no puedo más- me pidió desesperadamente.

-¿Pero como te voy a dejar sola?- le dije

-¡Tú ve por el móvil y llama!- me gritó- ¡no voy a estar toda la noche aquí hasta que se haga de día!.

Así que, crucé a la acera de enfrente y me dirigí calle abajo hasta el aparcamiento de coches.

Cuando llegué al punto de entrada de peatones, las puertas estaban cerradas. Corriendo y mojándome hasta los mismos huesos, me dirigí a la entrada principal y también estaba cerrado, con un letrero que avisaba del motivo: por precaución ante una inundación.

Aquello era el colmo. Mi situación era cada vez más desafortunada. No sabía que hacer; mi grado de ofuscamiento era tal, que no había pensado ni tan siquiera en entrar en un bar de aquella zona y llamar por teléfono pidiendo ayuda.

Sin pensar en nada, salí corriendo de nuevo de aquella puñetera covacha y calle abajo, busqué un bar o algo parecido donde entrar a llamar por teléfono. Pero era una zona con escasas posibilidades de encontrar algo abierto, así que pensando en Marina y en el ataque de nervios que tendría en estos momentos, di la vuelta y comencé a correr en dirección a donde me la había dejado, con su bota enganchada en el imbornal.

Desesperado y calado hasta los huesos, llegué hasta el refugio de cartón y bolsas de plástico.

Marina estaba sentada en el suelo sobre un montón de aquellos cartones y plásticos, completamente empapada y con la mirada fija en aquel negro imbornal. Sus ojos estaban abiertos desorbitadamente y su boca, con los labios amoratados de tanto apretar, dejaba muy claro una expresión de terror, algo así como si hubiese visto al mismísimo Satanás.

-¡Marina!- le cogí por los hombros zarandeándola para sacarla de su trágica expresión- ¡Marina!...¿qué ha pasado?.

Pero Marina seguía silenciosa y presa de aquella expresión de terror que le había deformado el rostro.

Habían pasado varias horas y las posibilidades de encontrar algún transeúnte con la noche que estaba haciendo, eran totalmente nulas, así que tomé una decisión y salté al otro lado de la mediana y me coloqué en medio de la calle. Algún coche se fijaría en mi y pararía o quizás me atropellara, pero aquella situación tenía que terminar para Marina, porque, al fin y al cabo, con todos sus defectos y excentricidades, era mi pareja y la quería o al menos, eso pensaba yo, ¡bueno, que importa!, el caso era que no la podía dejar allí sola sin ayuda y en situación tan endiabladamente extraña

Al cabo de media hora, paró un coche pegando un frenazo que casi me lleva por delante.

-¡Oiga amigo!..¿qué le pasa?- me preguntó su conductor- ¿es que está usted borracho o qué?

Yo me acerqué hasta la ventanilla y les puse al corriente con toda rapidez de la emergencia por la que estaba pasando. Ambos se miraron y uno de ellos sacó una pistola del bolsillo y apuntándome a la cabeza me increpó:- Ha tenido usted suerte, bueno, según como se vea, porque ha dado con la policía, ya que si nos está engañando y esto es una trampa para robar a la gente, se ha caído usted con todo el equipo....

No sabía yo que me iba a producir tanta alegría encontrarme con aquel coche patrulla. Era como agarrar  una cuerda en el último momento y sentir la satisfacción de estar a salvo.

Cuando llegamos hasta donde estaba Marina, no había cartones, ni plásticos, ni nada de cuanto yo les había contado a aquellos policías. Marina había desaparecido, era como no si no hubiese ocurrido nada. El lugar bajo el platanero, seguía estando lleno de hojarasca mojada por la lluvia y el sucio imbornal, tragaba el agua que llegaba de la acera, haciendo su característico ruido.

-¡No lo entiendo!- grité asombrado y hasta con miedo.

Uno de aquellos policías me llevó hasta el coche y sacó un alcoholímetro para decirme: -¡Sople aquí amigo!.

-¡Pero qué diablos!- dije- yo no bebo, no he bebido en toda mi vida...les juro que he dicho la verdad, aquí me dejé a mi novia con el tacón aprisionado en el imbornal, no me explico que puede haberle pasado.....

Pero consiguieron hacerme la dichosa prueba y los dos policías se miraron guardando el aparato. Entraron en el coche y uno me dijo: -¡Oiga amigo, le aconsejo que no vaya usted por ahí riéndose de la gente!...¿vale?...

-¡Pero qué risas ni qué carajo!-dije entre dientes volviéndome hacia el platanero y mirando fijamente a aquel imbornal de los infiernos.

A Marina, no he vuelto a verla en toda mi vida, ni lo he intentado.

Mi coche, desapareció en el aparcamiento subterráneo donde lo había dejado y con él, todas mis cosas, el teléfono, la documentación.....

No quise averiguar más y dejé pasar mi vida, como si todo aquello no hubiera sido más que una pesadilla de juventud, algo que podía o no, haber ocurrido y que jamás quisiera que volviera a suceder.

Tenía otra pareja, Aída, distinta y con una personalidad fuerte, aunque ya estaba cansándome su insistencia en que dejase de fumar, porque aquello no era el consejo que se da al fumador para que deje de hacerlo, no, aquello era una continua exigencia, un martirio diario que se repetía sin que, la mayoría de las veces, viniese al cuento tal recomendación.

Todo era cuestión de tiempo.

Yo estaba esperando que saliese del trabajo como era mi costumbre, a diario, y como siempre me colocaba bajo aquellos plataneros que proporcionaban buena sombra y mejor cobijo.

Detrás de mi, en la plaza del mercado, sonaron las campanadas del reloj de la torre. Eran las ocho.

Aída salió del portal de las oficinas donde trabajaba. En un acto reflejo, miré hacia el suelo y pude ver aquel imbornal, con sus oscuros agujeros negros.

Algo me empujó hacia delante y pasé por encima de su rejilla. Un fuerte chorro de vapor salió haciéndome dar un salto.

Me giré instintivamente y desapareciendo detrás del platanero, creí ver una sombra alargada envuelta en el chorro de vapor que había dejado el imbornal.

Pero no, no podía ser, me dije. Aquello era imposible.